Este año algunos miembros del club montañero Mula con algunos compañeros de otros club decidieron acabar el último día del año coronando la cima más alta de nuestro país vecino, el Toubkal, en el macizo del Atlas en Marruecos.

Las expedición no pudo ser más variopinta ya que para muchos era su primer contacto con la alta montaña, algunos lo intentaban por segunda vez y para otros su disfrute en la montaña era en otro tipo de actividades.
Tras el vuelo y primer día de turismo por Marrakech, siendo el día 30 cuando ponen marcha hasta Imlil, puerta de entrada a la ruta convencional del Toubkal, y de hay ya con todo el equipo cargado en mulas, como es costumbre por allí, comienzan la subida en este primer día hasta el refugio Neltner, una subida larga pero cómoda, donde la climatología hace de las suyas y cambia radicalmente de un sol explendoroso a una cortina de nieve y fría en la últimas horas de subida.


Hacen noche allí y ya, día 31, sobre las 5 de la mañana comienzan la subida a la cumbre, con unas vistas espectaculares y unos colores maravillosos que les aporta el amanecer poco a poco van llegando al collado donde parece apreciarse cumbre a la par que empieza a levantarse ventisca.


Una vez en el collado que parte el Toubkal del Toubkal Oeste el tiempo es tremendamente lamentable dando lugar a la retirada de la mayoría de los que lo están intentando esa mañana, nuestro equipo sigue adelante, aunque poco metros después, dos de nuestros compañeros, con mucho pesar y a menos de 15min de la cima, deciden retirarse debido al mal tiempo. El resto consiguen la hazaña cerca de la 10 de la mañana.


Una experiencia para todos sin duda, el resto del viaje continuo algunos días más aprovechando y conociendo los lugares más característicos de Marruecos y disfrutando de sus costumbres y gente.
Os dejo un pequeña reflexión que ha querido compartir nuestra compañera Ana:
Superando el Pico Toubkal: Mi Primera Aventura en Altura y Nieve
Subir al Pico del Toubkal, la montaña más alta del norte de África, ha sido una de las mejores experiencias de mi vida. Nunca había estado a tanta altitud ni había caminado entre tanta nieve. Para mí, todo era una aventura. Sin embargo, al llegar al refugio y contemplar la magnitud de la montaña, comprendí la importancia de la altitud y lo impredecible del clima. Ese momento me hizo sentir vulnerable y darme cuenta de lo desafiante que sería el ascenso.
El frío era intenso, cada paso me costaba más y la falta de oxígeno se hacía evidente. Durante la subida, me preguntaba: “¿Qué necesidad tengo de estar aquí cuando podría estar relajada en la playa?”.
Con el amanecer llegó el tramo final, y ya no había marcha atrás. Comencé a apreciar las vistas y el camino se hizo más llevadero. Cuando finalmente me quedaron solo 100 metros para la cima y vi el tan esperado pico, toda la fatiga desapareció. Al llegar a la cima, sentí una inmensa felicidad: era una mezcla de superación personal y gratitud por el espectáculo que me regalaban esas vistas. Supe en ese momento que todo había valido la pena. Aprendí que la constancia en el entrenamiento y la buena compañía marcan la diferencia entre alcanzar la meta o no.
Sin duda, el compañerismo fue clave. Entre el cansancio, las risas y los ánimos que nos dábamos unos a otros, descubrí la fuerza de la conexión humana en momentos de desafío.
Esta experiencia despertó en mí el deseo de seguir enfrentando nuevos retos para superar mis propios límites.

